“Para quienes utilizan la bicicleta como medio de transporte o para el ocio, superar los treinta grados suele traducirse en buscar una alternativa”.
Mientras empezaba a escribir este artículo, miré la temperatura exterior. Treinta y siete grados en plena ola de calor, que duraba ya más de una semana. El año pasado, lo mismo. Por desgracia, los veranos son más duros y estas temperaturas por encima de la media, mucho más frecuentes. Lo que hace apenas una década podía considerarse una situación excepcional, se está convirtiendo en una nueva normalidad que ya forma parte del día a día de cualquier aficionado que salga a entrenar en España, Italia, Portugal o el sur de Francia durante los meses de verano.
El corazón trabaja más, la sudoración aumenta y la capacidad de mantener esfuerzos prolongados disminuye. En la práctica, eso significa menos potencia, más fatiga y una recuperación más lenta. Para los deportistas de resistencia, el calor siempre ha sido un rival más. Para quienes utilizan la bicicleta como medio de transporte o para el ocio, superar los treinta grados suele traducirse en buscar una alternativa: a nadie le gusta llegar empapado en sudor a su destino.
Esta realidad tiene consecuencias directas sobre el rendimiento, los hábitos de entrenamiento y, por extensión, sobre el negocio del ciclismo. Del mismo modo que la industria ha sabido adaptarse a las necesidades del invierno con prendas y accesorios específicos para el frío, ahora deberá responder a un escenario en el que las altas temperaturas serán cada vez más habituales.
Si bien en el fútbol se han instaurado las conocidas ‘pausas de hidratación’, una medida que no siempre resulta necesaria en ese deporte, sí ha servido como plataforma pedagógica para recordar un problema real. Parece una obviedad insistir en que hay que beber más cuando hace calor, pero conviene repetirlo. Todavía muchas personas desconocen que la hidratación debe adelantarse a la sed, y no empezar cuando esta aparece.
Quizá haya llegado el momento de que el propio sector ciclista impulse campañas de concienciación. Igual que septiembre trae la ‘vuelta al cole’ y el calendario comercial se llena después de citas como el Black Friday o la Navidad, no sería descabellado desarrollar acciones específicas relacionadas con la prevención, la hidratación y la práctica deportiva durante las olas de calor.
Según distintos observatorios sobre movilidad ciclista, muchas personas renuncian a utilizar la bicicleta para ir a trabajar porque no disponen de duchas en su empresa o porque desconocen cómo gestionar este tipo de desplazamientos. Curiosamente, ese perfil coincide en muchos casos con usuarios que nunca han probado una bicicleta eléctrica. Y es que buena parte de ellos ignora que una e-bike permite realizar el mismo trayecto con un esfuerzo mucho menor y, en consecuencia, llegar al trabajo prácticamente sin sudar.
Todo ello abre también nuevas oportunidades para el mercado. El cliente debería encontrar con facilidad cascos, culotes, calcetines, prendas más transpirables, sistemas de hidratación específicos o accesorios pensados para entrenar con temperaturas elevadas. Del mismo modo, el sector puede incentivar nuevas formas de practicar ciclismo, como las salidas nocturnas o a primera hora de la mañana, acompañándolas de productos adaptados a esas condiciones.
En ferias ciclistas, he visto muchas cremas solares específicas para deportistas, pero no he visto a demasiados ciclistas poniéndose o comprando este tipo de producto, que es extremadamente útil para aguantar situaciones de alta sudoración y viento, elementos que reducen la capacidad de protección solar.
No estoy diciendo nada nuevo. Pero, a veces, las ideas más evidentes son también las que más fácilmente olvidamos. Y quizá el sector tenga una buena oportunidad para recordar a muchos clientes potenciales que la bicicleta sigue siendo una opción válida durante los doce meses del año, siempre que sepamos adaptarnos a las nuevas condiciones.

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